August 29, 2008

Sr. Soars

Son pocos los veranos que recuerdo, algunos se llenan de ilusiones pero no de sorpresas y viajan con aburrimiento en los días de julio y agosto.
A las semanas de empezar el verano mi familia alquiló una casa a unos metros de la playa, cuando llegamos olía a encerrado, humedad y con hormigas en los rincones.
Llevaba libros y algunas películas que mataran las horas que no enfocaba en la playa, el oleaje, la arena y todas las historias que pensaba de los millones de cadáveres refundidos en el océano.
Al tercer día salí a caminar y vi a un hombre de 40 años, que nada tenía que ver con el tipo de personas que frecuentan ese fraccionamiento, es decir, gringos viejos y jubilados y mexicanos perdidos en México.

Pensé, primero, que era un fugitivo que se escondía en el disfraz de un vecino corriente, después que este era una especie de escape espiritual y que, al igual que muchos, estaba en México porque es más barata la vida aquí. En realidad, adivinar su procedencia no me importaba tanto como el sonido de su voz, que ya me la imaginaba rasposa porque lo había visto fumando.

Ese día, el tercer día de aquel verano me quede leyendo hasta que la noche lo impidió en el patio, ahí, esperando una oportunidad de encuentro y así hablarle aunque me doblaba la edad que hasta ese día no había pensado que tenía el complejo de elektra.

En el séptimo día, que también fue el más caluroso, empecé a caminar entre las calles, hasta que me lo tope, sorpresivamente, sentado cerca de una casa, fumando. Lo primero que pensé fue que no lo recordaba tan blanco, ni tan rubio, ni tan grande, mucho menos tan serio. Le pedí un cigarro y lo prendí con calma.

Me pregunto mi nombre y aunque lo articule con paciencia, eco y apariencia, en el pecho me retumbaba toda clase de sentimientos humanos. El Sr. Soars me invito un café y pase a su casa, nos sentamos a conversar en donde descubrí que era de Georgia, que tenía 43, que vivía de una vieja demanda, que le gusta el ruido y que lee a Gorki, odia el futbol, bueno el futbol americano.
Supe que también lee en francés, vivió en Grecia, dos veces se ha enamorado y la cicatriz de su mejilla izquierda es de una pelea en un bar de Tijuana.

Durante la noche siguiente, en su casa, prepare la cena, mientras el recitaba a Carlos Castaneda y yo declamaba mis poemas improvisados. Fumamos mota, pero la fumamos sin pretensiones sin ser mas que una marcha forzada y el forjó los cigarros como si lo hiciera cada mañana, cada tarde y cada noche antes de pensar.

En esas noches frescas junto a la playa contradije al mundo, o por lo menos era parte de la frase que empezaba en la carta que algunos veranos siguientes recibí de el. Las estampas provenían de Ecuador y junto a la sencilla pero larga perorata de 10 hojas me anexo un cuento que había empezado el mismo día que nos topamos a fumar un cigarro, también y en forma de regalo navideño me enviaba un amuleto contra el mal de ojo y las llaves de la casa donde vivió por años y que adornamos con largas horas de conversaciones y copas de vino.
Por esas fechas me había casado en un histriónico arranque de fortaleza y tras varias peleas había convencido a Misael de acompañarme a la casa del Sr. Soars. La casa olía de la misma forma en la que tenía refundido el recuerdo de mi primer día de esas vacaciones. Revise entre las cajas de libros y encontré un diario del 86.
Busque hasta encontrar la hoja en la que tenía la fecha de mi nacimiento y encontré una historia detallada de un hombre mayor que conversaba con una joven en un fraccionamiento vacacional.
Me taladraron los recuerdos.

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